jueves, 21 de agosto de 2014

Meditación sobre el selfie




Pedro Miguel Lamet *

El selfie se ha puesto de moda. Se trata de disparar una autofoto, generalmente con la cámara delantera del móvil, para incluirse en paisaje de fondo y divulgarla por la red. Los selfies pueden resultar peligrosos si se realizan en situaciones comprometidas, como hemos comprobado en noticias recientes: un matrimonio polaco que se despeña por el cabo de Roca en Portugal, otra familia que cae al apoyarse en una balaustrada insegura en Sitges, gentes que sufren accidentes al hacerse el selfies conduciendo al subirse en un vagón de mercancías y en otras situaciones comprometidas.
La autofoto es una manifestación más del protagonismo mediático del que somos víctimas. Se trata a toda costa y nunca mejor dicho de “salir en la foto” y alcanzar popularidad sea entre los amigos de las redes sociales, sea en una grabación para youtube.
Lo que resulta preocupante es lo que hay detrás. Cuando los aficionados a la fotografía recorrimos cualquier parte del mundo con nuestra cámara acuestas, nuestra intención suele ser o bien documental –traernos a casa imágenes que hemos saboreado- o bien artística, la degustación del arte fotográfico, que no deja ser una interpretación de la realidad a través de la selección de un encuadre, un enfoque, una modificación del diafragma, la velocidad, etc. O bien otro te hace una foto solo o en grupo en un determinado entorno,
Aquí cambia la filosofía: YO soy el fotógrafo y YO soy el objeto de la fotografía. Es como un brote más de una sociedad narcisista que quiere convertir el YO en el eje del universo. Nada tiene de malo hacerse un selfie, como otra actividad lúdica más y como consecuencia de los avances tecnológicos y las mejoras introducidas en los teléfonos inteligentes. El buen autoretrato a veces ha sido un acto de humildad de grandes pintores y fotógrafos. Lo grave es lo que puede revelar sociológicamente: la obsesión por el protagonismo y la sacralización del yo, la necesidad de poner nuestro sello, en este caso nuestra cara en todo.
Todos los caminos auténticos de espiritualidad comienzan por una pérdida del yo, una renuncia a mí mismo, no para negarnos como personas, sino, por el contrario, para crecer al recuperar nuestra verdadera identidad en la totalidad. Cuando yo me pierdo, me encuentro, cuando mi yo disminuye, descubro que formo parte de algo mayor, que pertenezco a Dios. Es verdad que hay muchas maneras más sutiles de hacerse selfies: el de la vedette, el actor o el autor famoso, la bella mujer que quiere hacerse el centro de todo, el ejecutivo, magnate o incluso padre de familia que necesita la adoración y el reconocimiento continuo de sus semejantes, el blogero con más visitas… La renuncia a sí mismo de Jesús no es un ejercicio de masoquismo sino una manera más profunda de realización.
En fin esta pequeña meditación me ha sugerido la creciente moda del selfie. Cuando muera, no podré hacerme más selfies. Quedarán sí cada vez más viejas y pálidas fotos mías. Pero mi fe me dice que para entonces habré descubierto mi verdadero rostro no corruptible en el infinito rostro de Dios.

* Pedro Miguel Lamet es jesuita, escritor y director de la revista del Teléfono de la Esperanza 'A Vivir'. Este artículo se ha extraido de su blog 'El alegre cansancio' que se publica en www.21rs.es

sábado, 16 de agosto de 2014

CON OTRAS GAFAS / Ángeles de carne y hueso

Foto: Ñito Salas / www.diariosur.com

"Nunca en mi vida me he alegrado tanto de hacer un curso". Quien así se expresa es Carlos Alfaro, un subinspector de la Policía Local de Málaga, que hace unos días salvó la vida de un anciano de 77 años evacuado del mar por dos socorristas. 
Alfaro hizo un curso de primeros auxilios en junio y aprendió a atender a personas accidentadas y a manejar un desfribilador. Patrullaba con un compañero por la barriada El Palo cuando escuchó en la emisora policial el aviso de que un hombre había sido sacado del mar con síntomas de ahogamiento. Carlos y su compañero llegaron en un minuto al lugar del incidente. El evacuado apenas respiraba, estaba a punto de morir, cuando este policía le hizo las maniobras de reanimación en cuatro etapas, como había aprendido, y logró que el bañista volviera en si. La mujer de este no paró de darle las gracias. Todo un ejemplo de servicio público y entrega a las personas. Pero Carlos Alfaro y su compañero Juan José Padilla, que mantuvo a los curiosos a distancia, no son los únicos agentes que se vuelcan en salvar la vida de una persona. Unos días más tarde, otros dos patrulleros, estos del Cuerpo Nacional de Policía, evitaron en Móstoles que una mujer, alcohólica y deprimida se lanzara al vacío desde una ventana, mientras varios jóvenes, ajenos a lo que sucedía, veían la televisión en otra habitación del mismo piso. Uno de los dos agentes llegó a jugarse la vida al sostener en un difícil equilibrio a Concepción, que asi se llama la mujercuando tomó impulso para tirarse.
Ángeles de la guarda a pie de calle, estos policías han salvado a dos personas, evitando la muerte accidental de la primera y atacando al mal de la desesperanza en el segundo caso. Pequeños héroes del día a día que muestran en sus actos lo mejor del ser humano.


Un curso de primeros auxilios que bien vale una vida

Dos agentes de la Policía Nacional evitan que una mujer se suicide en Móstoles

jueves, 14 de agosto de 2014

El contrato soñado






Eran las nueve de la mañana y Nasruddin
seguía completamente dormido. El sol
estaba en todo lo alto, los pájaros
gorjeaban en las ramas y el desayuno
de Nasruddin se estaba enfriando.
De manera que su mujer le despertó.

Nasruddin se espabiló furiosísimo:
"¿Por qué me despiertas precisamente
 ahora?", gritó. "No podía haber 
aguardado un poco más?".

"El sol está en todo lo alto", replicó 
su mujer, "los pájaros gorjean en las
ramas y tu desayuno se está enfriando".

"¡Qué mujer más estúpida!", dijo Nasruddin.
"¡El desayuno es una bagatela, comparado con
el contrato por valor de cien mil piezas
de oro que estaba a punto de firmar!".
De modo que se dio la vuelta y se arrebujó
entre las sábanas durante un largo rato,
intentando recobrar el sueño y el contrato
que su mujer había hecho añicos.

Ahora bien, sucedía que Nasruddin pretendía realizar una estafa en aquel contrato, y la otra parte contratante era un injusto tirano. 
Si, al recobrar el sueño, Nasruddin renuncia a su estafa, será un santo.
Si se esfuerza denodadamente en liberar a la gente de la opresión del tirano, será un reformador.
Si, en medio de su sueño, de pronto cae en la cuenta de que está soñando, se convertirá en un hombre despierto y en un místico.

¿De qué vale ser un santo o un reformador si uno está dormido?